La Generalitat de Catalunya propone vincular una fracción de la financiación de las universidades públicas catalanas al número de aprobados. La publicación de la noticia en La Vanguardia (”Las Universidades con mayor número de aprobados recibirán más dinero”, 23.10.2009) generó, hasta la mañana del día siguiente, 105 comentarios de lectores. La mayor parte de ellos coincidieron en que las universidades y sus profesores ajustarían el número de aprobados a las necesidades presupuestarias y, en consecuencia, el nivel de exigencia descendería. En picado, auguraban. No pocos lectores dejaron constancia de su sorpresa. Uno, por ejemplo, escribió que “mir[a] el día y v[e] que no es 28 de diciembre”.
La idea de vincular financiación y resultados académicos no es nueva. En 1996, por ejemplo, los gestores de los colegios públicos de Chicago introdujeron un sistema de evaluación de sus centros basado en los resultados que los alumnos obtenían en tests estandarizados. Una vez procesados los resultados, los colegios con los peores pasaban un período de prueba que podía concluir con el cierre y el despido o recolocación de sus docentes. Sin embargo, ante la perspectiva de perder empleo y prestigio, algunos maestros decidieron ayudar a sus alumnos. Como eran aquellos quienes recogían las hojas de respuesta de los tests y como éstos se respondían a lápiz, lo tenían fácil. Les bastaba, por ejemplo, con cambiar algunas respuestas incorrectas antes de entregar las hojas para su corrección mediante lectura óptica. Algo así debió suceder en más de 200 clases, un 5 % del total. Y la cifra únicamente da razón de los casos más flagrantes. Lo explicaron con métodos estadísticos los Profesores Brian A. Jacob y Steven D. Levitt en uno de los artículos cuyos resultados se incluyeron en Steven D. Levitt & Stephen J. Dubner, Freakonomics (2005), el cuarto libro más vendido en Amazon.com en 2005 de los publicados en aquel año y cuya secuela –Superfreakonomics- se ha publicado recientemente.
Con todo, también es cierto que algunos de los mejores centros universitarios apenas suspenden a sus alumnos. Por ejemplo, las más reputadas facultades de derecho estadounidenses. En este sentido, las buenas National Law Schools son, como señalaron los Profesores Ward Farnsworth y Saul Levmore en The Legal Analyst (2007), un excelente ejemplo de “mercado suprimido”: una vez dentro, no hay competencia por la permanencia. Ahora bien, entrar en, pongamos por caso, la Yale Law School es –candidatos con apellidos cremosos aparte- extremadamente difícil, mucho más que en las mejores facultades de derecho españolas. Son pocos los que entran sin merecerlo. Además, son escuelas profesionales de posgrado y caras. En este escenario, el suspenso pierde sentido y podría afectar negativamente al sentimiento de pertenencia a una comunidad universitaria singular, sentimiento que se traduce en la participación de los estudiantes en las más variopintas asociaciones y en donaciones generosísimas de sus antiguos alumnos. Si se estableciera una criba en el primer curso, el nivel académico sería, probablemente, todavía mejor. Pero, lo mejor es enemigo de lo bueno: el sentimiento de comunidad se perdería, algunos buenos candidatos tal vez decidirían no invertir dinero propio o prestado en una matrícula anual de más de $ 40,000 ante la incertidumbre de los réditos y la satisfacción que los docentes obtienen de su trabajo se reduciría.
En cualquier caso, las matrículas de las universidades públicas catalanas son baratas, el acceso a algunos grados y facultades no es suficientemente selectivo, hay pocas organizaciones estudiantiles con intereses científicos o culturales serios, la gran mayoría de los graduados no donan un céntimo y a ninguna universidad pública le sobra el dinero. Por todo lo anterior, no se dan las circunstancias que permitan implementar la medida propuesta por la Conselleria sin que tenga incidencia en el nivel de exigencia académica y, a la postre, en el valor de los títulos de las universidades públicas catalanas en el mercado laboral. En nuestras aulas hay alumnos muy buenos y esforzados que piden la atención que prestamos a otros que han hecho bien poco por merecerla.
Aparte de otros muchos problemas señalados, yo también apuntaría uno importantísimo: la falta de democracia interna de las Universidades en las elecciones a cargos como Rector y demás.
En mi Facultad, por ejemplo, sólo se presentó un candidato porque los demás no obtuvieron el apoyo suficiente. Y, como es bien sabido, el voto de un estudiante “vale” la mitad o menos que el voto de un PAS o de un trabajador. De tal forma que, en muchas facultades madrileñas, se ganaban elecciones simplemente subiendoles el sueldo a los de limpieza, mantenimiento, cafetería, conserjería, etc. No comprendo muy bien que no se valore NADA o casi nada nuestra opinión…se debería buscar un equilibrio: ni el alumno es un cliente, ni los profesores son geniales e intocables.
Como en todo, considero que evaluar (o recompensar) a alguien (ej. gestor de una cia) o algo (universidad en este caso) sólo en base a un parámetro o unos pocos, es peligrosísimo por el consabido problema del riesgo moral, desgraciadamente además si el incentivo no es cuantioso no estimula nada al profesor, y si es demasiado generoso puede provocar consuctas indeseadas. En suma, creo que se debería tratar de lograr un sistema ‘combinado’ (iba a poner complejo pero no) y a la vez sencillo (por ello no quería decir complejo, porque lo complejo es enemigo de lo práctico o practicable) basado en unos cuantos parámetros consensuados, y que incentivara al profesor a lograr los objetivos señalados en dichos parámetros, más que a obtener su mero lucro personal… cabezas pensantes pueden empezar
Es interesante el debate que se abre. En definitiva, tal vez sirva para poner de manifiesto que la economía (entendida aquí como la obtención de recursos para la satisfacción de necesidades) es indispensable para la satisfacción de ciertas necesidades, pero que también puede convertirse en un elemento distorsionador de las mismas. La pregunta tal vez sería ¿qué se pretende con la Universidad?, ¿Aumentar el nivel cultural de los estudiantes?, ¿formar profesionales con herramientas que les permitan una adecuada subsistencia?, ¿formar profesionales que contribuyan a la mejora de la sociedad?, ¿fomentar la creación de “comunidades cerradas” que, a la postre, se conviertan en lobbys de cualquier tipo?, ¿convertirse en una herramienta de obtención de recursos? ¿acaso están reñidas la rigurosidad y exigencia académicas con cualquiera de las pretensiones que pueda tener una Universidad?.